La chica de la foto que encabeza este artículo soy yo, agosto de 2010. Sí, has leído bien, agosto; y sí, estoy abrigada hasta las cejas… Estoy en las Highlands, Escocia. Aquel verano, sin saberlo, marcaría un antes y un después en mi mentalidad.
Por aquel entonces estudiaba Ingeniería Química en la Universidad de Granada. «Juventud, divino tesoro». Sin embargo, pese a mi juventud, ya empezaba a darme cuenta de que había algo en la Ingeniería que no era para mí. Me costaba admitirlo, pero la mayoría de las asignaturas no me gustaban demasiado y eso me desmotivaba enormemente. Pero, intentar otra cosa en aquel momento, no era una opción para mí. Me pesaba muchísimo no disfrutar la carrera que, en teoría yo, libre y voluntariamente, había elegido. Pero había algo que jugaba a mi favor: no soy conformista. No estaba dispuesta a asumir el esfuerzo que supone estudiar una Ingeniería sin motivación, sin ganas, sin entusiasmo.
¿Qué hice entonces? Algo que, a día de hoy, aún me sirve: “buscarme la vida”. Suena simple, sencillo, cero grandilocuencia en esto, lo sé… Eso sí, hoy, con la perspectiva que da el paso del tiempo, me doy cuenta de que pese a lo joven que era, hice, en primer lugar, lo que creo que es más complejo y que me consta que solemos saltarnos a la torera: identifiqué qué era realmente importante para mí en ese momento. Importante de verdad. Busqué en mí misma aquello que me impulsaba, me generaba ilusión y entusiasmo y, una vez lo tuve claro, tracé un plan de acción alineado con mi carrera. Busqué múltiples opciones, me informé, me moví… recuerdo pasar meses pegada a Google, preguntando, hablando con cualquiera que pudiera darme alguna idea de cómo encarrilar mi situación, moviéndome dentro y fuera de la Universidad… No fue un camino fácil. Tanto es así que han pasado más de 15 años y todavía sigo apelando a aquella experiencia por la huella transformacional que dejó en mí. Tras mucho buscar, decidí que una excelente forma de mejorar mi motivación con respeto a la Ingeniería era pasar unos meses en el extranjero. Los idiomas se me daban bien y me motivaba la idea de mejorar mi inglés, lo cual me permitiría dar un nuevo enfoque a mis estudios.
Finalmente conseguí un contrato en Prácticas en la Asociación Escocesa de Ciencias Marinas, a lo que le seguiría la realización de mi Proyecto Final de Carrera en la Universidad de Edimburgo. Ambas experiencias tampoco fueron fáciles de conseguir. Y es que mis estancias en el extranjero no fueron una beca Erasmus al uso: fueron meses de búsqueda activa de opciones que me permitieran darle un giro a mi carrera profesional. Y lo conseguí. Perseverancia, valentía, pensar fuera de la caja y, sobre todo, mucho autoconocimiento. El resultado: una experiencia que revolucionó mi manera de ver el mundo, dejando en mí importantes creencias potenciadoras: NO TE CONFORMES, LO QUE DESEAS ES POSIBLE.
A mi etapa de estudiante le siguieron mis primeros pasos en la Industria de la Ingeniería, esta vez en empresas multinacionales en España. Fueron años intensos en el entorno de la gran empresa. Desde entonces me considero una mujer “de empresa”, me apasiona el mundillo; sin embargo, algo seguía diciéndome que por ahí no era… Después de tanto esfuerzo y tantos años estudiando, admito que me costó aceptarlo, darme cuenta de que la Investigación o la Ingeniería de Procesos no estaban hechas para mí, que yo soy más de personas que de hojas de datos. Y, de nuevo, lo de conformarme no entraba en mis planes. Así que afronté el reto y, con grandes dosis de coherencia por bandera, hice de mi trabajo lo que mis habilidades y aspiraciones demandaban. Para ello, tuve que enfrentarme a mis creencias limitantes: que una ingeniera se dedique a la venta no siempre está bien visto; te pueden considerar sobrecualificada porque «para vender no hace falta estudiar» o eso creía yo. No obstante, mis ganas de disfrutar de mi trabajo vencieron a lo que otros esperaban de mí y sobre todo a mis propios prejuicios.
Como solución a esta “crisis existencial” decidí explorar una rama de la Ingeniería en la que aprendí, sufrí y también disfruté muchísimo: me dediqué durante años a la venta de productos y soluciones de Ingeniería en el entorno Industrial y B2C. Mis habilidades comunicativas campaban a sus anchas, trataba con personas sobre temas técnicos, ayudaba a mis clientes, cada día era un nuevo reto para mí… Todo parecía funcionar, llegué a pensar que ese sí era mi sitio. Sin embargo, a pesar de que el trabajo me gustaba, en los últimos años experimenté en primera persona la enorme importancia que tienen en nuestro desempeño el liderazgo, la motivación y tener un propósito. Pasé unos años en los que el estrés laboral y la ansiedad empezaron a tener un papel demasiado protagonista en mi vida, con sus correspondientes consecuencias. Así que paré, de nuevo tocaba parar. Pero, en esta ocasión, el parón no fue tan amistoso, el parón fue casi obligatorio, porque el cuerpo empezó a avisarme de que algo no iba bien. Afortunadamente frené a tiempo para pensar y tomar perspectiva, y desde ahí tomar las decisiones correctas.
Ese parón, casualmente (o no), coincidió con mi primera maternidad. Por él, por mi primer hijo, me atreví a hacerme las preguntas que por mí misma no me había atrevido nunca a hacerme, me atreví a mirar en partes de mí misma que no sabía ni que existían… Durante el embarazo tomé la firme decisión de que mi hijo no se merecía una madre que viviera carcomida por el estrés laboral. He tenido la inmensa suerte de que mi infancia, y mi vida entera, hayan estado marcadas por justo lo contrario: mis padres son sanitarios con un sentido de la vocación por su trabajo inigualables. En mi casa los lunes no pesaban, ni las guardias, ni las tardes de domingo en las que “papá está operando”. Y eso es lo que quiero que mis hijos aprendan, vivan… que el trabajo no tiene que ser una carga, que, si conseguimos identificar nuestros talentos, aquello que nos llena el alma, que nos mueve de verdad, y nos dedicamos profesionalmente a ello, nuestra vida será una vida más plena y satisfecha. Porque, si dedicas tu vida laboral a tus talentos, lo que hagas lo disfrutarás enormemente y además lo harás muy bien. Así que, estaba decidida, tenía que empezar por mí misma.
Y empezó el baile…. Tras un proceso de “autoconquista” identifiqué qué era aquello que tanto me apasionaba, que me movía de verdad, aquello que “me salía solo”, y busqué la manera de convertirlo en mi profesión. Hoy puedo decir orgullosa que he identificado mi propósito: acompañar a empresarios, trabajadores y emprendedores en la consecución de sus objetivos.
Creo en la felicidad en el trabajo como el medio para alcanzar la satisfacción y realización profesional, constituyendo el punto de partida para el éxito de cualquier compañía. Creo en entornos laborales conscientes, donde el bienestar de los empleados y la productividad van de la mano. Mi misión es acompañar a las organizaciones a descubrir su propósito y a alinear a sus equipos hacia él, con estrategia y foco. Mi objetivo es impulsar a empresarios y líderes para construir equipos fuertes, motivados y comprometidos, que no sólo estén preparados para los retos, sino que disfruten del camino hacia el éxito.

